viernes, 4 de febrero de 2011

Cruel confidencia IV


( cuarta entrega )

El problema del pijama era más fácil de solucionar que el peso del recuerdo de su olor de hembra. ¿Por qué me conmueven tantísimo las mujeres fatalmente pelirrojas?

Un billete de cincuenta euros convenció al hombre de la conserjería de que el guión exigía su llamada a la habitación de la infiel mujer de la mata de pelo rojo para pedir, en nombre mío, que recogiera al pronto mi equipaje.

Con otros veinte machacantes más, un mozo transportó mis maletas de la 425 a la 201. En plantas distintas y en alas opuestas. Distancia de seguridad.

En el minibar de mi nuevo cuarto no había ni vodka ni hielo. Opté por beber a morro dos botellines de Beefeater. Me tragué una píldora sedante, lavé mi cara y dientes y soñé con mi patio y mi aljibe y con las trenzas de mi primer amor de rubia trigo.

¿Siempre caeré en los mismos errores? ¿Es que no he de cansarme de desear la fruta del cercado ajeno? ¡Qué ciudad más puta y fría es Venezia!

3 comentarios:

  1. Manuel después de leer tu capitulo :Cruel confidencia VI.
    Te diré que la fruta prohibida del árbol del vecino es la más apetitosa para los demás , es la manzana de Adán y Eva en el paraíso de la vida . Seguro que Eva era también pelirroja y Adán se enveneno con la sangre con ella al igual que tu en tu mundo ...
    Las mujeres pelirrojas tienen fama de mujeres ardientes y fogosas y atraen a los hombres jejeje como moscas a la miel, tu fuiste un abejorro entre su flor.

    Fue buena idea sonar con tu amor de adolescencia de trenzas doradas color de miel para curar las heridas del alma en la odiosa ciudad del desamor...

    Abrazos fraternales de MA para ti desde la bella Granada de recuerdos gratos.

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  2. Un poco cara la noche en propinas, por algo se dice: "por dinero baila el perro y el botones del hotel", si a eso le sumas la caja de orfidal y la amargura, que también es de coste elevado, no es extraño que aborrezcas hasta la más idílica puesta de sol en la ciudad de los canales.
    Abrazos Manuel, mañana te seguiré leyendo, que hoy me dieron las doce y la una y en pijama

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  3. Qué soledad tan sola cuando nos perdemos en búsquedas absurdas e inevitables...
    Besos nada parecidos a Venezia.

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