De ellas, mutables cual plumas al viento, mi razón no aguardaba sino
unas migajas de calor.
A pesar de ello, jamás me había sido dado imaginar que la hiel de su
confesión fuera tan amarga y tan honda la daga que me rasgó en dos.
En aquella cena en el Harr'ys Bar de Firenze, o quizás en la postrera en
la trattoria Da Ernesto en Venezia, la diosa de la roja mata de pelo rojo,
en el fragor del champagne Taittinger, me invitó a contemplar en
su teléfono de bolsillo una foto de su amante ultramarino.
Airado, rehusé su ponzoña y salí a la puta calle a
llorar un cigarrillo.
( continuará, probablemente...)

