( el autor en el jardín del Hotel Nacional en La Habana )
-Me han dicho que usted escribe.
-No señora, ¡vivir del cuento! ¡qué más quisiera yo! Un servidor oficia de maquillador de cadáveres en la funeraria “La Gran Vida”, ahí mismo, a la vuelta de la esquina. Le dejo mi tarjeta de visita.
El supuesto escritor se alejó dejando una vaharada a formol que dejó atufada a la hermosa dama.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, salvo que alguna lectora decida enviar una sexta versión del frustrado encuentro.
